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Yo tenía un vecino que creía haber dejado de fumar. Lo sé porque lo veía fumarse los cigarrillos a escondidas, asomado a la ventana, a salvo –eso pensaba- de su mujer. Su cambio de personalidad empezó con la prohibición de fumar en los bares. A mi vecino le gustaba ir a esos antros después del trabajo, a tomarse un par de cañas y fumarse un par de cigarrillos, a drogarse de una manera civilizada. Era casi su mejor momento del día, cuando disfrutaba de la alegría de la cerveza y las conversaciones, cuando expulsaba un poco del humo que el resto de la jornada solía echar por la coronilla. Pero en esto prohibieron fumar en los bares, que era el lugar más íntimo y a la vez más público que él conocía. Allí, además, hablaba con cualquiera, con esa rara especie que era exactamente igual que él: gente que disfrutaba contándole su vida privada a un desconocido, porque entre otras cosas sabía que, cuando saliera del bar, esa vida ya no le importaría a nadie. Era curioso. Entraba al bar, echaba un poco de humo y le contaba a la gente cosas que ni siquiera se atrevía a contarse a sí mismo. No se las contaba a su mujer, desde luego. Porque con ella ni echaba humo ni tomaba cañas. Sólo iban al gimnasio, planeaban meses de verano que no serían dulces como una tableta de chocolate, sino duros como una tableta abdominal. Pero qué importaba, si a fin de cuentas poseía un pequeño templo para disfrutar al medio día. Hasta que en el bar empezaron a invitarle a que saliera fuera. Y ya no volvió. La gracia era unir trago y calada, cerveza y humo, y ni siquiera las tapas contribuían a consolarle, pues sólo cogía kilos. Al principio, su mujer se puso muy contenta. “Así me gusta”, le dijo. “Que pasemos más tiempo juntos”. Aunque la realidad era que disponían de menos tiempo, pues él tenía que esconderse para fumarse ese par de cigarrillos. “¿Dónde está Papá?”, se preguntaba la familia. “¿Qué es lo que le pasa?” Y pasaba que Manolo estaba encerrado en el cuarto de baño, o en el dormitorio, o en el cuarto del niño asomado a la ventana, fumando, huyendo de las rutinas de la casa. Porque yo asistí al desenlace terrible, fumando, como él, asomado a la ventana. Escuché cómo la mujer abría la puerta y gritaba: “¡Manolo! ¿Qué haces?” Y vi cómo el pobre Manolo se arrojaba al vacío.
IDEAL (La Cerradura), 13/05/2012
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Hace unos meses publicaron la noticia del trasplante de la mano de un donante a un hombre que había sufrido un accidente de tráfico. Luego nos contaron su evolución, cómo se iban regenerando los tejidos hasta convertirse en una mano útil. Esa mano parecía tener ya una vida propia, casi independiente, pues guardaba recuerdos de su antiguo dueño, un artesano, un asesino o un ladrón. Es el argumento de una película de terror, porque esa mano puede volverse contra su nuevo dueño, ahogándolo, obligándole a hacer lo que no quiere, o quizá tan sólo es la excusa perfecta para hacer lo que quiere realmente. Es la manirrota mano de algunos políticos y empresarios, que se gastan lo que no tienen. Al principio encuentran justificaciones de todo tipo para su comportamiento. Total, es una cifra ridícula dentro de un presupuesto, por qué no voy a poder permitirme ese capricho. Total, si lo que me gasto hoy va a revertir antes o después en la empresa, por qué no voy a dejar de pagar a los trabajadores. Total, si hago esto y aquello, si sin mí no hay trabajo, ni dinero, si soy yo quien gestiona las cuentas de la empresa o las cuentas públicas, por qué no voy a poder dejar de pagar a los proveedores mientras me subo el sueldo. Esta gente son ladrones, a los que antes les cortaban las manos en la plaza pública para dar ejemplo. Pero hoy no sólo no son castigados, sino que además tenemos que soportar sus discursos demagógicos en esa misma plaza pública. Son los que nos cuentan los cuentos del cambio de modelo económico, del cambio de modelo laboral, los que proclaman que las jornadas de ocho horas y los sueldos fijos son cosas del pasado. Ellos, sin embargo, no renuncian a nada. Siguen haciendo ahora exactamente lo mismo que hacían antes. Sin crisis o con crisis, viven a costa del trabajo y la confianza de los demás, y tratan de convencernos de la necesidad de sus excesos. Ésa es la misma mano que recorta el gasto social, la que ha cortado el grifo del dinero que antes se prestaba a las familias, la que pretende cobrar por la prestación de servicios públicos que ya se han sufragado con los tributos de los ciudadanos, la que pretende privatizar el transporte público o la sanidad. Pero es la mano de personas que tienen nombre y apellidos, la industria de la crisis. Son lo único que verdaderamente sobra en esta sociedad.
IDEAL (La Cerradura), 6/05/2012
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El temor a que venga el lobo causa desórdenes de la conducta, cegueras parciales y trastornos del comportamiento político y social, así como una asombrosa dilatación de las pupilas, sobre todo en aquellos que ven el mundo a la medida de sus ideas, tan simples como los colores rojo o azul, que es el que se lleva ahora. Las niñas bien vuelven a estudiar la enciclopedia Álvarez, donde Caperucita viste una capa azul, pues el rojo, al parecer, es el color de unos seres monstruosos a los que no se les ocurre nada bueno y que ni siquiera trabajan. Lo dijo el otro día el concejal de Economía, Francisco Ledesma, negando así la legitimidad de los concejales de la oposición a los que, como a él, han votado unos cientos de miles de ciudadanos. Pero es comprensible, porque los tiempos no han cambiado tanto como nos creemos, y hoy, como hace setenta años, se sigue reescribiendo la historia de España. Lo explicaba Andrés Sopeña en una magnífica conferencia en el Aula de Cultura de IDEAL, y que el fascismo es actualmente un tufo a amiguetes que sonríen antes de despedirte o de desmontar la educación o la sanidad, de tertulias de sobremesa donde el insulto es el reclamo de la audiencia, de una inversión de los valores que pasa por convertirnos en meros dígitos en las cuentas públicas. Y todo porque unos pocos ganan menos de lo que ganaban antes, aunque haya quien gane más. Así, el lobo se llama hoy prima de riesgo. Y por las mañanas, los buenos días consisten en oír que ha superado los cuatrocientos puntos. Casi preferiríamos escuchar que viene el lobo, pues ya conocemos cómo son sus orejas y sus dientes, y cómo le atufa el aliento cuando nos da las nuevas cifras con las que justificar la desaparición de otro derecho y de otra conquista social, aunque esto sea lo único que justifica el paso de la humanidad por este mundo, al que vuelve a crecerle una uña azul. La excepción bicolor es el Barcelona, que no lucirá la camiseta blaugrana en la final de Múnich, como tampoco lo hará el Real Madrid. Es curioso, pero esta semana sonaban más en la calle los gritos de los hinchas que se alegraban por las derrotas del contrario que de las victorias del propio equipo. Menos mal que en el Granada tenemos a un tipo sensato como Abel Resino. Yo creo que es porque jugó en el Atleti. Que no nos pongan la caperuza azul.
IDEAL (La Cerradura), 29/04/2012
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La escultura del bañista dispuesto a tirarse al Guadalquivir desde el puente de Miraflores de Córdoba, me parece la imagen del turista que se dispone a visitar la ciudad y a sumergirse en su historia. Yo, de pequeño, quería ser turista; alemán, a ser posible, y poseer ya la riqueza del trabajo y la experiencia. El turista era un ser legendario para mí, alguien que siempre estaba de paso, que contemplaba la ciudad y a la gente con sana objetividad, libre de compromisos y afectos.
Pero eso no puede ocurrir en Córdoba, pues es una ciudad que se te agarra a las entrañas, y esa distancia se convierte en un río donde sumergirte y dejarte llevar por las sensaciones. El misterio nace de la historia, y en estas calles, más que en ningún otro lugar, vemos lo que fue Al-Ándalus, respiramos la cultura Omeya. Y eso que es una ciudad construida con barrios que, como la Judería o la Ajerquía, asumen la personalidad de los pueblos que, desde la época romana, han habitado la capital de la Bética.
Alrededor de la Mezquita y Catedral, podemos trazar un pentágono de la historia de Córdoba que, desde el Alcázar de los Reyes Cristianos hasta la Puerta de Almodóvar y la Casa de los Venegas, y de allí a la iglesia de Santa Victoria y la plaza del Potro, tendría como vértice superior la Torre de la Calahorra, desde donde realizaremos una bisectriz perfecta atravesando el Puente Romano. Porque el turista, cuando pasea por la ciudad parece escribir con sus pasos en un lenguaje secreto: círculos, poliedros y símbolos que quedan en la memoria como una identidad sentimental.
De este modo, si uno dibuja sobre el mapa de la ciudad su recorrido descubre las letras, y te da la sensación de que es el mismo Maimónides quien, fundiendo la filosofía de Aristóteles con la Cábala, se apropia de tu voz, grabando tus recuerdos con los triunfos que jalonan la ciudad con la imagen del arcángel San Rafael, recuerdos que serán como patios de geranios recién regados.
Viajar es nacer y morir en cada paso, desprenderte y descubrir nuevas partes de ti, y ese fulgor de la juventud, de la experiencia que nos transforma y esparce cadáveres con nuestra cara, es lo mejor del Viaje a Budapest, la primera novela de Daniel Barredo, que obtuvo el Permio Andalucía Joven de Narrativa y ha tenido el acierto de publicar la editorial cordobesa Berenice. La he leído de un tirón, como quien da un paseo que se te agarra también a las entrañas. A pesar del título, el narrador de esta historia y alter ego del autor es un pícaro que muy bien podría vivir en Córdoba, en la plaza del Potro que conoció Cervantes, poblada de mercaderes, tratantes de ganado, pillastres y viajeros.
Porque este antihéroe también frecuenta los mesones, sólo que en vez de hacerlo en el siglo de Oro, se ve obligado a robar, a mentir y a vender su cuerpo en pleno siglo XXI, esta época que tanto les ha prometido y tan poco les ha dado a las generaciones mejor preparadas de la historia. Daniel Barredo destruye todos los tópicos de la narrativa contemporánea, empezando por el lenguaje; y una vez terminada, y contagiado por tanta efervescencia verbal y vital, al lector sólo le queda confesar que ha leído una novela de puta madre, después de haber dado más de un repullo.
Daniel Barredo apuesta por la literatura trasnacional, y yo me imagino libros que irán desde el puente Romano al puente de las Cadenas. Libros y ciudades donde jugártelo todo. Así deberían ser todos los viajes.
El Mundo de Andalucía (Viajero del tiempo), 27/04/2012
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Ésta es la expresión más repetida entre los jubilados granadinos, que escuchan atónitos cómo contribuirán con diecisiete millones de euros al copago farmacéutico. “¿Pero tanto dinero tenemos?”, preguntan. “¿Y esto sale de mi pensión?” “Sólo pido unos poco euros”, les contesta Rajoy; “no tenemos dinero para los gastos públicos”. Casi nos parece un mendigo, con la barba y esa dificultad para pronunciar la r, un trastorno llamado rotacismo, que no parece afectarle al pronunciar la r de recorte social. Vamos, para fumarse un puro mientras pasea por el monte. Si al menos dijera lo del Rey: “Lo siento, me he equivocado. No volverá a ocurrir”. Pero eso no lo dirá el presidente, que ya piensa en subir el IVA, para seguir así, erre que erre, incumpliendo el programa electoral y todo lo que prometió en campaña. Es también la semana de la r de REPSOL, porque YPF, nos guste o no, ya era una compañía argentina, constituida con arreglo al derecho argentino, con domicilio en aquel país, explotando recursos argentinos. Y con una buena parte de accionistas españoles, eso sí, que ven cómo les quitan fuera lo que ya perdieron sin salir de España. Porque la crisis económica está haciendo saltar por los aires la concepción que teníamos de este país, desde el Estado de bienestar a la Corona. Y ya hay varias generaciones que sienten que no tienen que agradecerles nada ni al Rey ni a los padres de la Constitución, ese pacto de silencio que llamamos Transición española. Porque aquí de lo que se trata es de rascarse el bolsillo, y hay casas, reales y no, que gracias a esta democracia corrupta parecen tener un bolsillo sin fondo. En Andalucía, el exconsejero de Empleo se ha sentado en el banquillo por el caso de los “eres”, que es casi una cuestión existencial sobre el ser andaluz, si no fuera porque ha consistido en algo tan material como quitarle el pan a los parados. Para eso no debería haber perdón. ¿Veremos algún día a nuestros políticos pedírselo a los ciudadanos? Según Alejandro Dumas, el perdón es la indiferencia por aquello que no nos concierne. Y en eso se ha convertido para muchos la democracia. Lo saben bien gobierno y oposición, que hacen y critican lo contrario de lo que criticaron e hicieron cuando calentaban el asiento contrario. Seguramente, porque lo que menos perdonamos a los demás son las tonterías que nosotros mismos hacemos. Así que erre que erre con la crisis y los recortes. No tenemos remedio.
IDEAL (La Cerradura), 22/04/2012
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