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La juventud, como los primeros amores, tiene sus paisajes. Paisajes donde, como en la adolescencia, suele brillar la luz del sol, el azul del mar, el blanco de los bloques de apartamentos con los que se han construido nuestras costas. El blanco es también el de la cal de las casas de los pueblos, y las que brillan en mi adolescencia lo hacen en los atardeceres que asoman por el castillo de Salobreña. En Salobreña se ha detenido el tiempo de algunos de mis amigos, y también lo hizo el de Juan Madrid, que deja correr allí no obstante el de sus libros. En el libro del que tomo el título para esta columna, Huida al Sur (Premio Edebé de Literatura Juvenil), encontramos el fulgor de esos años, pero además la intriga y la acción de sus novelas y relatos, el lenguaje descarnado y necesario para hablar “de los que van a pie por la historia y por la vida, aquellos que aparecen como meros comparsas en la mayor parte de las novelas y cuentos de los que se publican y leo”, como él mismo escribía en Salobreña en el mes de julio de 2009 como prólogo a la edición de sus Cuentos completos (Ediciones B). “Sobre ellos y sobre sus angustias, delitos, amores, vicios, virtudes, sobre la soledad, la infinita soledad que nos acompaña como nuestra sombra en verano”.
Esa soledad se parece a la añoranza por el adolescente que fuimos, y lo pienso ahora mientras trepo al peñón de Salobreña y busco los lugares desde donde me tiraba al mar: el estribo bajo, el estribo alto, el medio peñón... Y entonces me quito la camiseta y salto lejos para esquivar las rocas y caer de cabeza al agua. De ese modo me he sumergido estos días en los cuentos de Juan Madrid, para “darme cuenta de que no existe un solo infierno, sino múltiples cloacas cada una más profunda que la anterior, donde las ratas conviven con bípedos que a veces no mienten, pero que se callan. No decir toda la verdad es aún peor que mentir”. Y no hace falta ser un asesino a sueldo o un policía corrupto para hacerlo, sino haber engañado tal vez a ese adolescente y acceder a “la compraventa de sueños y verdades en la que cada corazón necesita apoyarse” para crecer, parafraseando ahora al Luis García Montero de Diario Cómplice (Hiperión).
Lo sabe bien Tomás, el protagonista de Huida al Sur, quien trabaja en el hotel Riverside Palace de Salobreña, un antiguo palacete construido a inspiración de la Alhambra de Granada y que uno desearía que existiera. Con él, he vuelto a correr por la arena y entre las cañas hasta La Caleta, antes de que la playa sea engullida por los hoteles, esos famosos hoteles de los que ya se hablaba cuando yo veraneaba en esta localidad costera hace veinte años. Quizá, porque como en los cuentos de Juan Madrid, todas las historias tienen otra historia dentro. Y así, como las urbanizaciones y los bloques de pisos contrastan con el viejo pueblo, fundado por los árabes allá por el siglo IX, nos gusta contemplar a quien fuimos como si lo hiciéramos desde la antigua atalaya, ese castillo inexpugnable para los nazaríes granadinos, jamás conquistado por las armas. Desde allí, de noche, observo las luces de Almuñécar y Motril, convergiendo como una media luna protectora, y recuerdo una moraga en la playa, el olor a sardinas y los ojos de una chica que imagino azules, aunque no podían serlo a la luz de las brasas, un largo paseo después hasta la desembocadura del río Guadalfeo.
En el Guadalfeo, adentrándose en el mar, continúan hoy los muros desde los que nos tirábamos al agua junto a un incipiente club náutico, pero Salobreña sigue guardando hoy el sol puro de la adolescencia. Y aunque desde lo más alto del peñón no reconozco muchas de las urbanizaciones y casas que veo, encuentro el mismo tono de cielo, la misma luna señalando el comienzo y el fin de las estaciones, como una melancolía de otoño anticipada. Tal vez porque los años terminan y empiezan realmente en verano, cuando sabemos –o recordamos- que “cada tiempo de dudas necesita un paisaje”.
El Mundo Andalucía (Viajero del tiempo, suplemento El Caminante), 03/09/2010
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En mi comunidad nos lo pasamos muy bien. Tenemos a dos policías y a dos ladrones y, para más inri, los cuatro viven en la segunda planta. Pensarán que viven como el perro y el gato, pero se equivocan: todos respetan escrupulosamente su horario laboral. Es decir, que ni roban ni detienen a nadie fuera de su jornada. Son tan civilizados que quedan para ver los partidos del Madrid y el Barca, y, como ocurre con la liga, el resto de los vecinos vivimos en una categoría aparte. Ellos se miran, se saludan, se ignoran, según, pero los demás es como si no existiéramos, dado que en el bloque ellos no se dedican ni a detener ni a robar. La verdad, no sé cómo explicárselo a mi hijo, que últimamente me pregunta el significado de expresiones como estar “por encima” o “por debajo” de la ley, quizá porque las escucha en las películas. Es entonces cuando yo recurro a los políticos, que es casi como decir a la mayéutica de Sócrates, quien consideraba que la verdad se encuentra oculta en la mente de cada ser humano.
- Mira, hijo –le digo-. Fíjate en el alcalde, en el presidente del gobierno andaluz, en el presidente del gobierno de la nación y en sus respectivas oposiciones.
- ¿Qué son oposiciones?
- Pues los políticos que no tienen el poder y critican la acción del gobierno.
- Ahh... ¿Y por qué los critican?
- Porque en eso consiste la democracia, hijo. La alternancia en el poder.
- Ahh... ¿Y qué es la alternancia?
- Pues que hoy gobierno yo y mañana tú.
- ¿Como mamá y tú, papi?
- Más o menos –le digo a regañadientes-. Pero no cambies de tema, y fíjate en los políticos.
- Bueno, ya me fijo, papi –contesta mi hijo, buscando por las paredes las caras fantasmales de concejales, portavoces, diputados, ministros y todos esos extraños seres que ve por la tele.
- ¿A que todos se parecen un poco? –me atrevo a decir.
Mi hijo se queda al principio perplejo, pero después de pensarlo un poco asiente con la cabeza. Y por fin pregunta:
- ¿Quieres decir que todos son, al mismo tiempo, ladrones y policías?
Yo ni afirmo ni niego nada, pero le digo:
- Pues eso es exactamente lo que ocurre en nuestra comunidad.
Mi hijo se quedó un poco serio, pero no me preguntó nada más. Desde entonces he decidido no darle demasiadas explicaciones. Está claro que no las necesita.
IDEAL (La Cerradura), 29/08/2010
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Mientras la mitad del país anda en pelotas por playas y calles, en algunos ayuntamientos discuten la prohibición del uso del velo en los espacios públicos. Aunque en realidad hablamos de un “niqab” o velo integral, como nos explica en la televisión un hombre vestido con chanclas, pantalones cortos y camiseta de tirantes, que dice ser el marido de ese extraño ente vestido de azul de pies a cabeza y del que tenemos que creernos que es una mujer. “Mi mujer ha tomado esta decisión para estar más cerca de Dios”, explica el hombre a la cámara. Ella ni habla ni opina, pero si pudiera quizá le dijese al marido que se metiese el “niqab” donde le quepa. O quizá se lo diría también a quienes piensan que prohibir el velo integral atenta contra la libertad de la mujer, pues una mujer sin cara no existe. Lo sabe bien el marido que habla por ella. Se le nota en la manera en que lo hace, pues nunca la llama por su nombre, y sus gestos y ademanes la deshumanizan, como si señalase un objeto. Y es lo que parece pensar también la periodista, que vislumbra a través de los agujeritos de la tela unos ojos tristes, que ella mira a su vez con creciente tristeza. “¿La rescato?”, se dice. “¿Le pego a este capullo una patada en los cojones?” Y lo que era una entrevista para el programa de sobremesa está a punto de convertirse en una tragedia. Es lo que pienso mientras me tomo un digestivo y hago zapping por la actualidad. Y que en este país hay más de un capullo suelto. Lo es el guiri que hace “balconing” en un hotel de Palma de Mallorca, tirándose a la piscina desde un sexto piso. Son nueve los jóvenes que han muerto ya de este modo, aunque éste se recuperará. Hay quien mezcla drogas, alcohol y muerte para acabar una juerga. Otra tragedia. En el siguiente reportaje aparece Aznar en su visita a Melilla, solucionando con su bigote los problemas de la frontera. Se le ve sonriente, saludando a los comerciantes y vecinos, feliz por ser el mes de agosto y tener algo que hacer. Las tres noticias mostraban tres aspectos de un mismo problema de orden público. Es lo que pensé mientras decidía tomarme un segundo digestivo. Y entonces debí quedarme dormido en el sofá, pues de pronto vi a una mujer que saltaba desde mi balcón a la calle. Llevaba un “niqab” azul. Pero tenía bigote.
IDEAL (La Cerradura), 22/08/10
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El verano nos trae la cultura popular, conclusiones mucho más determinantes que cualquier estudio sociológico. Basta con tener las ventanas abiertas de par en par. Y así obtiene uno datos precisos sobre nuestras nuevas costumbres. Por ejemplo: ese vecino hijo de puta que pone la música a las cinco de la mañana. O la amorosa madre de familia que tiene jugando –y gritando- a la niña en la plazoleta hasta las dos de la madrugada. El verano acaba con nuestra intimidad, y lo mismo que hay gente que pasea mostrando sus vergüenzas, hay familias enteras que airean su desvergüenza gracias al aire acondicionado natural. Decididamente uno aprende mucho con esta ola de calor. Que el vecino del primero derecha se ha ido de vacaciones dejando a su perro llorón en el patio. O que la vecina del segundo izquierda hace top-less en el balcón. La pareja gay del tercero derecha está en celo a las doce y cuarto. Y la pareja de recién casados del cuarto izquierda se pelea a las once en punto. En el quinto derecha hay un hombre que ronca tan alto que ha provocado tres infartos en la comunidad. Y qué decir de las estudiantes del sexto izquierda, que han pasado por su piso a la mitad de los hijos de la Gran Bretaña. Mis favoritos son sin duda los ancianos del séptimo derecha. La maestría con que el hombre mata palomas y ahuyenta el botellón con la escopeta de perdigones; la delicadeza con que la señora tira las bolsas de basura desde la ventana de la cocina al contenedor. Aunque no es mi problema, desde luego, y para eso vivo en lo más alto, justamente en el octavo izquierda. Me paso la vida apuntando lo que hacen mis vecinos, pero aún no he conseguido descubrir lo que hace el del octavo derecha. Ni siquiera sé si se trata de un hombre o una mujer, pues no me lo he encontrado nunca. Y deduzco que se trata de una sola persona porque no oigo conversaciones y apenas un ruido casi imperceptible, un rasguño y un resoplido, y luego algo parecido a un tic-tac. Cuando llego a casa, a veces me atrevo a apoyar la oreja en la puerta, e imagino a las termitas carcomiendo la madera y la oreja de mi vecino o vecina apoyada justamente en el otro lado. Es entonces cuando pego un puñetazo en la puerta y corro a esconderme en la mía con el propósito de no volver a cotillear.
IDEAL (La Cerradura), 15/08/10
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“Pues que ha venido la Michelle a verme”. “¿Quién, la vecina del 2º?” “No, hija; la esposa de Barack?” “¿Quién, la vecina del 3º?” “No, mujer; la idem del presidente de los E.E.U.U.”. “Ah. ¿A verte a ti?” “Pues claro. ¿A qué si no?” “A comer jamón y ajoblanco, y a ver la Alhambra”. “¿La Alhambra?” “De Píñar tenías que ser”. “Ya empezamos con el nacionalismo”. “Para nacionalismo, las tres bolas de helado que se endilgó en los Italianos: de chocolate con tuttifruti. Y encima invitó a todo el séquito a lo mismo”. “Es que es negra, mujer”. “¿Y qué? Las hijas se lo tomaron de stracciatella”. “Para que veas lo que es la educación americana”. “Dirás norteamericana”. “Ya. A saber lo que serían los Usa sin los españoles”. “Dirás la USA”. “No, mujer. Los “usa” sin los españoles”. “¿Lo dices porque no te invitaron a la Alhambra?” “No. Lo que más me duele es que no me dejaran taconear con Juan Andrés Maya”. “Si a ti no te gusta el flamenco, Pepe”. “Ya, pero es que yo la invité a venir”. “Lo recordarán tus votantes y tus nietos, Pepe”. “Por supuesto, y los herederos del imperio”. ¿De qué imperio?” “Del angloamericanoespañol”. “Tú sí que sabes, Pepe”. “¿Pues no hemos viajado de Píñar a Sevilla y después a Granada? Poco nos falta para ir a Madrid y a New York”. “La Casa Blanca está en Washington, Pepe”. “¿Pues no dice Laporta que el Barca ganó el mundial con la camiseta equivocada?” “No me fastidies, Pepe. Que Laporta es subnormal”. “Si lo sé. Pero a mí me gustaría decir lo mismo del Granada”. “Tranqui, que todo se andará. ¿Es que no has visto que ya tiran el dinero a la basura?” “Si eso fue un descuido, mujer. Los “papeles sucios”. “¿Un descuido? ¿Tú me has visto descuidarme alguna vez con tu ropa interior?” “Cuéntale eso a Florentino Pérez, que tiene que arreglarle el jalisco a Kaká después de pagar por él 60 kilos”. “Dirás que ha tenido que operarle el menisco”. “Eso es lo que quería decir. Pero es que estamos protagonizando un artículo, y el ordenador ha escrito “Jalisco”. “No, si es que ahora te creerás el protagonista del Show de Truman”. “¿Pero no te parece bastante con ser el protagonista de la política municipal?” “Es que estamos de vacaciones, Pepe”. “Pues díselo tú al Zúñiga”. “En cuanto lo vea se lo digo, Pepe”. “No, anda. Déjalo también descansar”. “Muchas gracias, Pepe”. “Las que tú tienes”.
IDEAL (La Cerradura), 08/06/10
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