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Alguien me habló una vez de un tal Vizconde Demediado que recorría las calles de Granada. Se le reconocía porque caminaba malhumorado y chepudo, hablando a gritos, incómodo en su propia incomodidad de una cara partida por la mitad: la que te sonreía cuando hablaba contigo; la que te insultaba en cuanto le dabas la espalda y te ponías a caminar. El Vizconde no tenía ningún talento reconocible aparte de su mal humor de cara partida, pero la gente le temía por eso –por lo feo que era-, y por eso le toleraban los gritos, las calumnias, la mugre que iba dejando por cada sitio donde pasaba. “Déjale en ese puesto”, decían. “Así evitamos un mal mayor”. Y efectivamente el mal se evitaba durante unos meses, tal vez un año, hasta que volvía a revolverse en su incomodidad de Demediado y volvía a agrietar la empresa, el partido, el espíritu provincial o nacional, que estaba siempre –sobra decirlo- un poco demediado. El Vizconde de la cara partida conseguía así un poco de reconocimiento. Que si un puesto, que si un título, que si un premio. Incluso lograba algún titular en el periódico, donde sólo salía la parte amable de su cara. El caso es que el hombre terminó haciendo obras públicas, vaya a saber usted por qué. El miedo de poner a alguien responsable tal vez, que mostrase siempre la misma cara. Así que el Vizconde fue demediando también los presupuestos, la calidad de los materiales, incluso demedió un poco el trazado de lo que sería la gran arteria de su comunidad. Al principio, nadie le dio importancia. A fin de cuentas se le veía bastante ocupado, sin criticar a nade, dando órdenes y trazando planos. Si le llamabas por teléfono te hablaba de firmeza, de calidad, de transporte, de futuro. Pero cuando colgabas se quedaba solo con su debilidad, con ese espíritu demediadamente maleable, que iba trasladando a todo lo que hacía, reconcomido en su asimetría. Y el caso es que el resultado al principio fue notable: una larga autovía que enlazaba la Andalucía Occidental con la Oriental, y de ahí al mundo. Se veía un trazado tan brillante, diáfano y firme que no parecía obra del Demediado. Hasta que empezamos a conducir por él. Entonces, como si se tratase de las dos caras del Vizconde, parte de la autovía A-92 empezó a gruñir, a gritar, finalmente a hundirse. Misteriosamente, ese mismo día el Vizconde Demediado desapareció. Quien me contó la historia asegura que todavía puede verse su agrietada cara desde la altura.
IDEAL (La Cerradura), 07/03/10
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Las columnas son como los día de fiesta: a veces uno no tiene ganas de decir ni de hacer nada. Sólo de dejarnos llevar, disfrutar de un día más de descanso, que es lo que la mayoría de la gente encuentra en el día de Andalucía. Uno podría escribir artículos más o menos sesudos sobre estados federales o incluso regionales federales, de la independencia de reinos milenarios o de la conquista o reconquista milenaria de al-Ándalus; pero prefiere dejarse llevar, conducir unos kilómetros, acercase a la costa. Porque nos ha faltado tiempo para planear un viaje y huir de la bandera. Éste es un invierno peculiar, y tiene el mar todavía un aspecto turbulento, las aguas verdosas y grises, de tormenta. Uno ve los trozos de madera flotando en la superficie y se acuerda paradójicamente de las cuevas de Guadix, de esos hogares arruinados en las mismas heridas de la tierra, de esa mujer que parece reclamar –mirando a la cámara- algo de compasión a la madre Naturaleza. Porque hay gente que ha perdido su casa en estos días de lluvia, y otra simplemente la cabeza. Es al menos lo que me dice este hombre mayor –Paco es su nombre- mientras tomamos una caña en el bar más viejo de Salobreña. “¿Y usted está dispuesto a trabajar hasta los sesenta y siete años?”, pregunta. “Me temo que yo trabajaré hasta que me muera”, contesto. “Primero porque para escribir, además de años hace falta cabeza, y yo espero conservarla, al menos, hasta los noventa y dos. Segundo, porque dudo que, cuando me toque –si me toca-, se disfrute aún de una edad de jubilación”. Y digo “disfrute” porque no conozco a ningún jubilado que se aburra. Les falta tiempo para pasear, salir con los amigos, leer, estudiar una carrera. “Ahora tengo tiempo”, nos dice Manolo, que prefiere beber una copa de manzanilla. “Ya he criado a mis hijos. Y mi mujer se ha hartado de decirme lo que tengo que hacer. Ahora hago por fin lo que me da la gana”, concluye. “Exactamente igual que tu mujer”, añade Paco soltando una carcajada. Total, que aquí nadie habla de nacionalidades regionales ni del espíritu nacional. Lo máximo que hacemos es preguntar por la regionalidad de la botella. Dentro del estado de la cosecha, eso sí. Porque uno nunca llega a saber si es mejor la cosecha de mil novecientos setenta y ocho o de mil novecientos ochenta y uno; incluso la de dos mil diez, con tanta lluvia. Andalucía es hoy un poco más de tiempo.
IDEAL (La Cerradura), 28/02/10
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Decía Ángel Ganivet que en lo local se encuentra también lo universal, pues lo que ocurre en Granada es exactamente lo mismo que ocurre en el resto del mundo, aunque podría ser al revés. Así, en el mundo existen fanáticos fundamentalistas que amenazan de muerte a otras personas en el nombre de Dios. Y es lo que le ha ocurrido en Granada al artista jienense Fernando Bayona, que exponía sus obras bajo el título “Circus Christi” en la Corrala de Santiago, antes de que la exposición fuera clausurada por la Universidad de Granada por no poder “asegurar la seguridad de la muestra ni de su autor”. Aunque ya antes se había apresurado a decir que no había subvencionado al artista y a “pedir perdón”. Y más lamentable aún que la UGR pida perdón por ceder su espacio para una exposición, es que claudique ante chantajes supuestamente morales, algo muy normal por otra parte en un pueblo como éste, donde suele imponerse el pensamiento más reaccionario. El de los que ponen a Dios por testigo pero son incapaces de cumplir sus mandamientos. Con rezar basta. O con amenazar de muerte al que simplemente tiene una idea distinta del Nuevo Testamento. Y lo peor de los fanáticos es que haya alguien que les haga caso, ya se por miedo o estupidez, dos sinónimos de lo políticamente correcto. Éstos también son fanáticos, y peores que los anteriores. Pues claudicando no sólo proclaman su propio miedo y estupidez, sino además la debilidad de un sistema que teóricamente permite convivir a unos y a otros sin “discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”, como reza –ése sí- el artículo 14 de la Constitución Española. Porque ¿dónde está la imposición de esta muestra? ¿Es que alguien ha obligado a esos ciudadanos ofendidos a verla? ¿Alguien los ha obligado renegar de sus creencias o impedido ejercerlas en el ámbito privado o público? No. Entonces ¿cuál es la ofensa? ¿Que el artista se ha inspirado en la imaginería católica? Es el mismo argumento que utilizaron los fundamentalistas islámicos para condenar al caricaturista del diario danés Jyllands-Posten por realizar la serie “Los doce rostros de Mahoma”, cuya polémica y rectificaciones subsiguientes constituyeron toda una bajada de pantalones del mundo occidental. Y es que como escribió Óscar Wilde, las obras de arte no son morales o inmorales: es al espectador y no a la vida a quien reflejan. Mal por la UGR. Y mal por los catetos de pueblo. IDEAL (La Cerradura) 21/02/10
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Comentarios
- Catetos
23.02.10 13:44 Por Jose Ruiz Gutiérrez
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