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Debería ser al revés, pero cuanto más irresponsable es una persona, más exigente se vuelve. Quizá porque lo que no ve en sí misma pretende verlo en los demás, o acaso, porque ve en los demás aquello de lo que carece. El juego de espejos social es fascinante en estas fechas. Desde empresarios que utilizan la crisis para amenazar con el despido a sus trabajadores, hasta agencias de calificación que chantajean a los gobiernos con sus notas ridículas. Para terminar de arreglarlo, el Gobierno prepara una reforma laboral que probablemente consagre por ley el trabajo en precario. Se le nota al presidente de la patronal cuando habla del tema, al que se le afilan los colmillos casi tanto como a Cándido Méndez cuando le ponen delante el desayuno. ¿Se han fijado? Cuando se sientan a negociar, patronos y sindicatos lo hacen ante un mantel. Y es que la economía actual es un banquete, y la banca se va a fusionar para que sigan cobrando los mismos. Ya habrá tiempo de ajustar las plantillas. Así, me sorprende la pasividad del ciudadano, que va asumiendo el discurso catastrofista perfectamente orquestado. Se acaban las nóminas, hay que trabajar el doble, en la vida de hoy lo normal es el pluriempleo. “Se terminaron aquellos tiempos en que uno vivía con tranquilidad”, nos dicen. “Ahora hay que vivir al día”. Es decir, que mientras un escaso tanto por ciento de la población mundial ha entrado alegremente en el siglo veintiuno, la gran mayoría se dispone a volver al diecinueve en lo que a los derechos laborales se refiere. Largas jornadas, sumisión, intercambio de mano de obra como si fueran cromos. Pero siempre hay otras opciones, y ya lo vimos en el 15-M. Vivimos una crisis de valores que es aún más grave que la crisis económica. Y resurgen esas figuras chuscas de la política, como Javier Guerrero, exdirector de Empleo de la Junta de Andalucía, que según su chófer utilizaba el dinero público para “cocaína, fiestas y copas”. O Ricardo Costa, exsecretario general del PP valenciano, que le pedía a ese personaje de tebeo, “el Bigotes” que le comprase cien gramos de caviar. O Iñaki Urdangarín, que presumía del chollo que al parecer supone para los negocios ser el yerno del Rey. Para completar el cuadro, el FMI anuncia dos años de recesión para la economía española, y ya hay quien dispone los cubiertos sobre el mantel, va llenando las copas, afila los cuchillos. En España, hay una mayoría absoluta de la demagogia.
IDEAL (La Cerradura), 22/01/2012
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El cuento de las crisis me recuerda al país de las últimas cosas, donde la gente ya no trabaja, ni disfruta, ni hace nada que no sea comprobar las cifras económicas. En este país la gente ha dejado de hacer el amor, de dar paseos y tomar cañas, y está atenta únicamente a la pantalla de televisión para analizar las declaraciones crípticas del ministro de Economía Luis de Guindos, que parece haberse caído de un avión venido de Europa. Pues en el país de las últimas cosas los políticos sólo escuchan las voces europeas que marcan el déficit y los criterios de convergencia. Rajoy ha tenido que escuchar esas voces para hacer lo contrario de lo que dijo en campaña, por lo que en este país la gente camina por las calles oyendo susurros fantasmales y contradictorios, como una especie de mantra. ¿Será posible que la información política sólo tenga por objeto asustar y desorientar a los ciudadanos? ¿Será posible que la única función del presidente y los ministros sea hacer caja? Pero en el país de las últimas cosas sólo cuadran las cuentas de las primeras empresas del IBEX, de las que son o han sido consejeros los mismos que recortan gastos o suben los impuestos, ya sean del PSOE o del PP. Qué continuidad más esperpéntica –y tanto más drástica- de las políticas de Zapatero, que va a resultar ser hermano gemelo de Rajoy. Pero nada de eso extraña en el país de las últimas cosas, donde en lo último que se piensa ya es en hacer política, sino en cambiar los empleos por miniempleos, finiquitar el Estado del bienestar y sustituir la contribución al sostenimiento de los gastos públicos por una extorsión directa, progresiva y confiscatoria. Justamente lo que les habíamos pedido a los Reyes Magos. Por suerte, Puerta Real no está en el país de las últimas cosas, sino en una ciudad aparte, inexplicable, reconcentrada en su felicidad, que a veces tiene que ver con la cultura y otras veces con la inopia, donde los niños llevan probando sus juguetes desde el viernes. Y cuentan que hay uno llamado Juanito que se tiró con su moto desde Correos y aún se le busca esta mañana por el Salón. Lo último que les dijo a sus padres es que para el año que viene él no pedía ni Milenio ni Ave ni A-7 ni Centro Lorca. Y que por lo que a él le tocaba, que se metan las cifras del paro donde les quepan.
IDEAL (La Cerradura), 8/1/2012
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La cuenca minera de Río Tinto es, para los científicos, como Marte en la Tierra, pero este planeta rojo lo tenemos muy cerca de nosotros, en Huelva, provincia de contrastes. De hecho, a esta zona la denominan “análogo marciano”, y es objeto de estudio por la NASA, que suele probar también aquí sus nuevos equipos para futuras misiones. Sus aguas rojas se caracterizan por ser ácidas y tener un alto contenido en metales pesados (el hierro fundamentalmente, que le proporciona ese color, y cobre, cadmio o manganeso), pero también oxígeno, lo que permite la existencia de organismos unicelulares y pluricelulares, prueba de la existencia de la vida en condiciones extremas, lo que nos hace imaginarla en otros planetas. Es la puerta del Infierno, la entrada del Hades, como creían los historiadores griegos y romanos.
Pero, históricamente, ese infierno se debió a la explotación minera, concretamente de la Río Tinto Company Limited, el consorcio británico que, en 1873, compró al gobierno español por 3.500.000 libras los legendarios yacimientos de cobre, plata y oro. Lo sabe muy bien Juan Cobos Wilkins, que nació en Río Tinto y noveló la colonización inglesa y la represión de la población en la novela El corazón de la tierra (Plaza y Janés): “Río Tinto era un pueblo de características absolutamente anómalas en el conjunto, no ya de la provincia o de Andalucía, sino del país. Radicaba en él una empresa con poder suficiente para mover ciertos hilos en el Gobierno de la nación. Los mineros, llegados de cualquier punto de la geografía española, formaron –malformaron- una comunidad de aluvión, sin raíces ni tradiciones comunes. La forma de vida, su ritmo incluso, estaba marcada por condicionantes ajenos del entorno”. De hecho, las raíces de Cobos Wilkins son británicas –su abuelo era contable de la compañía- , y esa influencia es manifiesta en su obra, así como en la estructura especular de su nuevo libro de relatos, La soledad del azar (Almuzara), todo un homenaje a Lewis Carrol.
Pero todos los libros de Juan Cobos Wilkins están llenos de hallazgos. Porque hay en ellos sabiduría, belleza, conciencia dolorida del mundo. Sus relatos están contados con una inusitada cercanía, de manera que, conforme los leemos, creemos que alguien nos los susurra al oído. Como decía el Jara, uno de los personajes de El mar invisible (Plaza y Janés): “Las personas debemos saber comunicar nuestras ideas, transmitirlas con exactitud y belleza, pues si no somos capaces de convertirlas en palabras, alguien vendrá que nos robe el pensamiento”. Una novela que es, entre otras cosas, un homenaje a Federico García Lorca y a Miguel Hernández, víctimas del régimen franquista, como la población de Río Tinto lo fue de la compañía minera.
Juan Cobos Wilkins, como el ángel caído de su primer libro de poemas, Espejo de príncipes rebeldes, renunció al paraíso dado –o impuesto- a cambio de la duda. Y esto le lleva a un peregrinaje vital y literario que siempre desemboca en el Sur, donde se desarrolla su obra, en la que son temas constantes el amor, la soledad, la libertad y el poder sanador de la palabra. Pues, como él mismo ha comentado en alguna ocasión, las palabras dan la libertad y la imaginación no se puede encarcelar. Los personajes de Cobos Wilkins hacen suya la primera la primera frase de rebeldía de la historia: “Non serviam”, que da título a uno de lo mejores relatos de La soledad del azar.
A medida que pasa el tiempo, uno va identificando los lugares con las personas, personalizándolos con algunos recuerdos. Y en Río Tinto podemos ver la herida de los años: “rota la superficie de la tierra, impúdicamente puestas sus entrañas al descubierto”.
El Mundo de Andalucía (Viajero del tiempo), 6/1/2012
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En algunas películas que los niños ven por estas fechas, aparece un duende que pretende fastidiar la Navidad, convirtiendo la alegría en tristeza, la generosidad en avaricia, la felicidad en un sentimiento infantil y trasnochado, algo que hoy parece ser la norma en cualquier ámbito. Por desgracia, ese duende lleva este año el nombre ya aborrecido de Crisis, y hace que veamos escenas que creíamos propias de otros países. A la gente peleándose por la comida caducada que diariamente tiran Hipercor y otros grandes almacenes. O la antes considerada clase media acudiendo a los comedores de San Juan de Dios o Cáritas. Pero la gente sigue celebrando las comidas y las copas de Navidad, aunque las sonrisas sean tan pasajeras como las intervenciones en la comisión municipal de presupuestos, cronometradas por el concejal de Economía y Hacienda, Francisco Ledesma, convencido de que el tiempo es oro y el oro es tiempo. El duende de la crisis vuelve todo caótico, y hace de la economía una carrera de cien metros desde el banco a la notaría y al proveedor y al moroso y nuevamente al banco, para comprobar una vez más que el dinero no crece por arte de magia, y que lo más rojo de esta Navidad no es el traje de Papá Noel, sino los números de la cuenta bancaria. La gente firma pagarés como si se tratara de actos de fe, la esperanza de que el tan cacareado cambio predicho en la campaña electoral se convierta en una realidad justa y necesaria. Pero no hay mucho más que hacer, y así hay quien prefiere encomendarse a la lotería antes que asumir su responsabilidad. Los españoles suelen gastarse una media de 2.300 millones de euros solamente en el sorteo del gordo, lo que repartido con mesura serviría para sacar de la pobreza absoluta a bastantes personas. Pero las imágenes del calvo de la Navidad y las celebraciones con champán a las puertas de bares y administraciones, forman parte ya del inconsciente colectivo, y uno lógicamente prefiere imaginarse dando saltos de alegría que viviendo a salto de mata, lo que nos vemos obligados a hacer. Pero poco podemos prever en estos tiempos, y por eso la mitad de la población se dedica a poner parches. Así me imagino yo a ese duende cabrón que llamamos Crisis: con un parche en el ojo y aspecto de pirata. Su tripulación la forman los tiburones financieros y esos pésimos gestores que nos dejan con una mano detrás de la otra.
IDEAL (La Cerradura), 18/12/2011
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Hemos perdido la intimidad. Fuera de casa desde luego, pues hablamos a gritos por el móvil de sexo o de dinero rodeados de extraños en un autobús, por ejemplo, pero también en casa, cuando colgamos nuestras fotos o soltamos un topicazo en Twitter. Es inexplicable que vayamos mostrando nuestra vida para, supuestamente, compartirla. Pero luego no valoramos la vida en familia, en la que sí hay una intimidad reconocible en las miradas, en las caricias, en el afecto. Esta semana, la Fundación BBVA publicaba un estudio de la socióloga María Ángeles Durán sobre el trabajo no remunerado en España, que se estima en un 53% del PIB. Ahí están incluidas las amas (y “amos”, que cada vez hay más) de casa, los familiares que cuidan a personas dependientes, todas esas personas que realizan tareas sin remuneración ni expectativa material alguna, y que a algunos les parecen de otra época. Por eso seguimos oyendo frases recurrentes en las discusiones domésticas, “Quien trae el dinero a la casa soy yo”, “Si no fuera por mí te morirías de hambre”, “Sin mí no serías nada”, que continúan formando parte del discurso de los machos dominantes y dominados por la testosterona. Porque pensamos que el modelo familiar ha cambiado mucho en los últimos años, y no es así. Dadas las escalofriantes cifras de paro que tenemos en España y las escasas posibilidades que ofrece el mercado laboral, son muchas las familias en las que uno de sus miembros se dedica a las tareas domésticas. Por otra parte, ¿quién no tiene un familiar enfermo o demasiado mayor para vivir solo? La población envejece rápidamente, y las nuevas generaciones serán incapaces de mantener el Estado del bienestar. En este contexto, las políticas públicas para reconocer jurídicamente estos trabajos constituirían un paso adelante. La existencia en la legislación laboral de figuras que amparasen a estas personas que, aunque no salen en las estadísticas del empleo, realizan un trabajo imprescindible para el desarrollo social. Un trabajo que normalmente no tiene remuneración ni horarios, por el que no se cotiza a la Seguridad Social ni lamentablemente garantiza una pensión en el futuro, pues lo cierto es que estas personas nunca se jubilan. Ese es el modelo que debería discutirse en Bruselas, y seguir el ejemplo de Suecia, país donde el Estado hace efectivos los derechos sociales. Por fortuna, en nuestros autobuses se ven también esas parejas de ancianos que, después de varias décadas, siguen hablándose con cariño, cogidos de la mano. Ésa es la imagen de Europa.
IDEAL (La Cerradura), 11/12/2011
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